miércoles, 17 de enero de 2018

Sin previo aviso.


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Un cigarrillo impregnaba el oscuro cielo de cada noche. Un paso. Dos. Unas piernas se acercaban cada noche a la misma hora, a la puerta de aquel edificio de apenas cuatro plantas,  sobre un capó cualquiera, en medio de la noche, unos ojos observaban la luz tenue que desprende la habitación de la segunda planta. Una hora. Y hasta dos horas observan esos ojos llenos de impaciencia. Algo debería esperar. ¿Sucedería algo? Las persianas hacen su cometido llegadas las doce en punto. Un barrido hacia abajo. Ya no hay luz…

Helena es la niña risueña con la que cualquier madre soñaría tener. Su sonrisa le arrebataba a una el cansancio y se le transformaba en ansiosas ganas de jugar o corretear por toda la estancia. Ya han pasado siete años desde que aquel desgraciado las dejó a Helena, su hija y a Valentina una noche en la que ella le confesó su estado. Nueve meses después, huyó de su casa y unas monjas cuidaron bien de ellas dos. 

Valentina no se sentía lo suficientemente creyente como para compartir sus verdaderos sentimientos hacia ese padre poderoso. Decididamente sabía que, había un algo. El que, estaba por ver. Además, había pasado unos años muy duros trabajando de aquí para allá en innumerables trabajos a la vez y por fin, se mudarían a un pisito apartado de la ciudad. Aquello estaba muy bien, por que significaba un nuevo cambio, pero para cambios, estaban los estirones de Helena y los constantes cambios de vestuario, los libros que, por suerte, no cambiaban demasiado de año en año y, a veces, el colegio proporcionaba la gran mayoría. Lo que más le angustiaba, era que Helena había comenzado a preguntar por su padre tanto que, le causaba náuseas y hasta un nerviosismo por no saber si estaba haciendo bien en contarle aquello que creía conveniente. Al fin y al cabo, era una niña, creería lo que su madre le dijera y ya está. Y su madre, Valentina, procuraba decirle siempre lo bueno que era su padre sin añadir lo trágico de todo aquello. ¿Cómo hacerle daño diciéndole que no la quería? Que hasta la había dicho, aquel que era su padre, que abortara… No se merecía aquello. Y  todas las palabras hirientes que tuvo que oír ella al quedarse preñada de la criatura. ¿Qué culpa tenía ella de cómo era él? << Un desalmado. Eso es lo que es tu padre >> Pensaba para sus adentros Valentina. Y una sonrisa forzada ahogaba las ganas irrefrenables de gritar y echarse a llorar. 

Todas las noches, Helena soñaba con un príncipe y dragones. Ese príncipe la salvaba y deshacía el hechizo que la tenía presa. Durante toda su niñez ese sueño se repetía noche tras noche e innumerables veces. Hasta que al cumplir los diez y seis años, los sueños desaparecieron y, con los sueños, su curiosidad por saber sobre su progenitor masculino, el cual, nunca apareció. Quizás, aquellos sueños, eran el inconsciente deseo de que su padre, de la nada, le diera ese amor que creía que le faltaba. << ¡Porque no me quieres?>> rezaban algunas de las preguntas en su diario. Pero nunca llegó respuesta y, con las estaciones, aquellas preguntas desaparecieron de sus libretas y de su pensamiento. 

Imagen extraída Google

Helena solía sacar unas notas excelentes. Los profesores le auguraban una muy buena carrera profesional y muchos éxitos que con el tiempo dieron fruto. 
Por cuestiones del azar, Helena se aventuró en un proyecto que, dio lugar a un buen puesto de trabajo aquello derivaría en muchas charlas televisivas. Ello haría que alguien sintiera cierto interés por ella. 
Una noche, una llamada irrumpe en la noche a los Martínez mientras Helena acababa de empaquetar su ropa para la mudanza e independencia. Ella solo pudo oír: 
“…No tienes ningún derecho a irrumpir así en nuestras vidas, de manera deliberada y… ““...No es a mí a quien tienes que pedir perdón pero, ya te he dicho que no es buen momento para llamar…” Decía Valentina desde al otro lado de la casa. Helena se acerca sigilosamente hacia el comedor, hasta avistar a su madre con el aparato en la oreja y el cigarrillo en la otra mano. Cuelga. Le tiemblan las manos. Entonces Helena se sienta junto a ella, le tiende la mano y esta, se la sujeta temblorosa hasta que después de varias caladas exhala y le dice: 

- Helena. Voy a ser totalmente sincera contigo… - Dice tajante 
- Dime – dice intrigada
- Era tu… tu… era tu padre. –titubea Pero Helena solo la observa y dice 
- Y ¿qué quería? –dijo de mala gana 
- Quería hablar contigo. Está empeñado en que os veáis y sepas el… yo ya le he dicho que no es buen momento… que … - vuelve a titubear
- Mamá. Tranquila. No quiero saber nada de él. – dice tajantemente
- Entiendo que no es un buen momento pero también entiendo que como hija, querrás saber porque no estuvo presente en gran parte de tu vida… ¿No? No crees que… - dice temerosa
- No. No quiero. –irrumpe 

No volvieron a hablar sobre aquel incidente nunca más. Helena siguió adelante con sus proyectos y Valentina con su vida pero… 

Un cigarrillo impregnaba el oscuro cielo de cada noche. Un paso. Dos. Unas piernas se acercaban cada noche a la misma hora, en la puerta de aquel edificio de apenas cuatro plantas, y sobre un capó cualquiera, en medio de la noche, unos ojos observaban la luz tenue que desprende la habitación de la segunda planta. Una hora. Hasta dos horas observan esos ojos llenos de impaciencia. Algo debería esperar. ¿Sucederá algo? Las persianas hacen su cometido llegadas las doce en punto. Un barrido hacia abajo. Ya no hay luz…


©El Rincón de Keren

4 comentarios:

  1. Hola Keren, una cuidada redacción y una buena historia que contar dan como resultado un excelente relato.

    He conocido últimamente algún caso de un padre que pidió a su novia embarazada que abortara y la madre como la protagonista de tu historia se negó y salió adelante como madre soltera pero asumiendo su responsabilidad.

    Eso de los padres arrepentidos irrumpiendo en la pubertad o la juventud de sus hijos plantea serías reflexiones, quizás el deseo de los hijos por encontrar respuestas pese más que la justicia real de cada caso.

    Un abrazo Keren y feliz día.

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    1. Hola Miguel,
      Normalmente la conciencia te presenta preguntas sin respuesta. Desde mi punto de vista, teniendo una vida sana, en la que todo a tu alrededor es bueno, y con amor de por medio, no debería de suscitar preguntas acerca de tu progenitor. Irrumpir en la vida de un hijo, en la adolescencia, puede desequilibrar la armonía del adolescente. En una edad más madura, quizás no se necesite saber tanto sino más bien, saber el porqué y sin que ello suponga un cambio en tu vida. Pero en mi opinión, no se merecen el poder explicarse.

      Un abrazo y gracias por tu repaso.

      ¡FELIZ DÍA!

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  2. No sé hasta qué punto las personas somos capaces de equivocarnos y de intentar enmendar los errores aunque sea demasiado tarde; quizá todos debamos tener una segunda oportunidad aunque no la merezcamos, la cuestión es si nos la darán. Un saludo

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    1. No soy quién para decirte si se la merece pues cuando las he dado no ha surtido efecto o el que quería por lo que por eso, en este relato he optado por dejarlo aparcado y dejar en cuestión que hubiera pasado si le hubiera dado esa oportunidad. Pero de lo que no nos escapamos es de que a nosotros, en alguna ocasión nos hubiera gustado que nos la dieran ¿No? lo dejo de esta manera jeje!!

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