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Relato: En nombre del amor

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Con las manos en los bolsillos, caminaba sin rumbo, bajo los balcones de una calle que alegre con sus fachadas, me encadilaban las penas donde los pensamientos se alegraban y sucedían los vaivenes de la gente y esa gente que se para justo en medio a hablar porque se han encontrado de camino a casa. No tenía nada mejor que hacer aquella tarde. Ya que los empresarios con lo que había intentado negociar, para  llevar adelante mi proyecto, habían cerrado el grifo y se habían echado atrás para dejar en la estacada, todo por lo que había luchado, todo por lo que mis sueños comenzaban a despegar y claro, con treinta años, separado, y  desde hacia más de diez años soltero, comenzaba a pensar si mi mundo no iba verse desmoronado por culpa de la cerbada decisión del querer progresar, salir de todas, hacer algo con mi vida, pero lo cierto era que tenía más de cientos de millones en la cuenta como para jubilarme. Sin embargo, el dinero se acaba y quería estar seguro de que mis hijos no tendrían que pagar nunca ninguna deuda mía, porque aquella cancelación antes de tiempo y al no cumplir las expectativas exigidas, me obligaba a pagar la mitad de mi patrimonio, y ahora me veía en mi palacete, mi piscina, mis  más de cinco habitaciones, jacuzzi una sala de juegos para los niños, un parque temático para ellos; en la parte de trasera de la casa, dos terrazas, una habitación inmensa, casi tanto como todas las otras y como toda la casa en conjunto.
 En realidad estaba mosca conmigo mismo, y aquella mosca ya llevaba tiempo queriendo picar algo. Creo que me ha picado el corazón y otro poco el estómago. He tenido que vender la casa y el parque temático de los niños. Ahora vivo en un simple chalet y mis hijos me preguntan porque no pueden jugar en el parque. Y se me cae el alma al suelo. Les había dado tanto... les había procurado tanto … y no habían comprendido nunca lo mucho que les amaba. Es que , si  les pasara algo... yo... no sé que haría. Quizás me suicidaría. Y esa locura de padre, me recordaba todos los días mi ex mujer que no era del todo normal. 

Me encontré con Ernesto en el bar de siempre, con los niños, su nueva mujer,o eso creía; la numero diez, y una nueva operación más al carro. Quizás yo hubiera rozado la jugosa millonada pero jamás  hubiera querido que mi hija se hiciera un implante en los pechos, que se operara los labios o que se casara con un hombre que le triplicara la edad, llamadme anticuado, progre o facha. A estas alturas, ¡ qué importa! Mis hijos me odiarían, una por no cumplir las expectativas de la edad y el otro por no ser el padre ejemplar que acude a los partidos para que pueda cubrir esa necesidad que tienen los niños con su padre, esa, que yo nunca pude tener. Y por eso, mientras tenia reuniones, aplazaba cualquier trabajo, reunión, u organización, para acudir a aquellos partidos que eran vida, un soplo de aire, pero pronto con el éxito, también exigía tiempo. Tiempo que tenía que restar del de mis hijos para añadírmelo a mi, para poder corresponder otras exigencias: cumpleaños en los lugares más caros, las fiestas mas desfasadas de mi ex mujer, los regalos de navidad más lujosos y los hijos  ejemplares y modélicos que me hubiera gustado, que ya van al mejor Instituto pero Jhon no quiere estudiar, quiere ser mecánico y Yaiza solo piensa , ahora, que es una chica … bueno, una mujer ya en edad de tener sino más bien su primera relación... es que si algún cerdo le pone una mano encima... y Jhon, tiene tanto que ofrecer, Yaiza es buena en matemáticas pero se deja llevar demasiado por el aspecto. Y ya se sabe, en la adolescencia, en constante cambio y con las hormonas repletas de ideas... "A ver Carlos, céntrate que no le van hacer nada a tus hijos..." me decía, para no decaer.

Ernesto se acerco a mi, entusiasmado arqueando las cejas, haciendo ver que su  nuevo juguete p , una vez más ,se hubiera acostado con ella o en su defecto, la dejara embarazada y no volviera a saber nada de ella. En cierto modo, es lo que todo hombre quiere para si, y el desprecio de los que como yo, tienen un buen corazón, porque Ernesto, no tenía corazón ni vergüenza. A lo sumo, ni pudor. Pues se me puso a plantearme todas las posturas en las que  se había tirado a todas y cada una de las mujeres, por allá entonces. Muy gráfico todo. Al principio, le reía las gracietas pero tuve que pararle los pies, sobre todo, después que  mi hija, en una edad delicada, podría ser una de esas mujeres algún día. Si algo tenía Ernesto era que había ser muy claro y tajante con él porque sino, este seguía con lo suyo y dale que te pego a contar y a seguir haciendo. Al decir verdad, no recuerdo un solo año en el que no me contara alguna aventura con una de sus ligues y la verdad, estaba harto. 

En esta ocasión, me hizo un barrido de arriba a bajo y me dijo un “Tío, tenemos que hablar. Estás fatal. Arréglate un poco esta noche que iremos a tomar algo. Tengo que contarte  algo. ¿Has visto?” seguía arqueando una sola ceja pero había algo en él extraño, ahora si que no entendía nada. El siempre había sido muy fanfarrón, pero se le veía un semblante muy diferente a la última vez que lo vi. Asentí y no me atrevi a decirle nada con aquella tia mirándonos a lo lejos. Así que si quería saber qué le ocurría a mi amigo, si se le podía decir así, ya que él y yo, nos conocimos a través de mi proyecto, él ofrecía servicios, y yo le contrate pero él pronto cogio camino y se fue con otros. Pero nunca dejó de visitarme. Tenia cierto don con las relaciones personales y eso, me gustaba mucho de él pero a veces, podía resultar exageradamente agobiante. 

No me arreglé demasiado. No tenía ganas. Llevaba una barba de un mes y una camisa con una americana y unos vaqueros de toda la vida desgastados, por si Ernesto decidía llevarme a algún lugar un poco más elegante, pero tenia claro que dejaría la chaqueta en el coche, pues el calor que hacia en esta ciudad, era insoportable. Y ya tenía ganas de volver a Inglaterra con su niebla, sus días nublados y con los miles de establecimientos a la disposición y que no dormitaba. Ahora bien, si tuviera que elegir bien, me iria a España otra vez, la tierra es la tierra, pero claro, las vidas son las vidas; y llevaba cinco años cambiando de ciudad continuamente, y no sé cómo, Ernesto aparecía siempre en la ciudad en la que yo  estaba, cómo una lapa. Era pesado cómo una vaca en brazos. 

Le recogí en su pisito de soltero. Se subió y me dijo que no quería ir a un lugar lujoso ni público. Que quería ir a un Mac Donalds y hablar en un lugar tranquilo. Que lo que tenía que contarme era muy importante. 

Le hice caso y nos fuimos a unos merenderos desde donde se veía toda la ciudad, con nuestras hamburguesas, nuestras patatas y como no, cervezas para rematar la partida. Allí, me hizo la confesión de que aquella mujer, a la que había visto, era la madre de la mujer con la que había estado viéndose los últimos diez meses. Y lo surrealista es que su semblante cambió tan radicalmente que, o me lo pareció,  pude adivinar su mirada: Estaba enamorado. 

Y entonces, viaje a mi submundo inconsciente. Ese en el que me vi con veinte y pocos, llevando una casa, casado y con una cara de tonto que no había quien me aguantara. Pero era sumamente feliz. Mi mujer, a la que quise tanto cómo el amor nos dejó; fue una buena mujer, me comprendía, me hablaba de todos los temas, tenía todo lo que yo quería para mi, incluso genio, pero ese genio tan mal sabido, a veces nos pasaba factura. Y para rematar el embarazo de los dos niños no fueron un camino de rosas: Se pasaba todas las noches llamándome cerdo y me tenia que duchar hasta diez veces al día, porque aseguraba que olía muy mal. Y yo, que solo quería lo mejor para ella, lo hacia sin rechistar. Pero eso no era todo. Le cogio aversión a las pizzas y con lo que a mi me gustaban por aquella época, en un domingo echar unas coca-colas y una pizza cuatro estaciones, pronto los berrinches y las malas caras, hicieron que me comiera mis pizzas en el asiento de un seat panda sin calefacción con un frio de la hostia. Por suerte de aquellas hormonas del embarazo, solo le quedó el genio que siendo jueza, si le preguntaras a alguien, pensaría que ella ha nacido con mala leche y para comer, lo que ella desayunaría era... pues mala leche. 
Pero fuera bromas, ella era muy sensible bajo esa fachada y fueron los mejores años con los niños hiendo al zoo, hiendo a clases de cocina cuando crecieron y saliendo de vez en cuando y cuando el dinero lo permitía, un sueldo de administrativo a tiempo parcial, ir a las fiestas del barrio. ¿Qué hacia ella conmigo? Siempre senti cierta retinencia y por eso, y por que nos casamos muy jóvenes, yo, quería ser libre. Y durante un tiempo lo fui, me acostaba con todo lo que se meneaba y mi compañero, como no, Ernesto, me apoyo en las subidas y en las bajadas, con una buena moza. Obviamente, habían cervezas y también mucho llanto. Pronto deje esa vida de fiestas y mozas. Y me centre en mi mismo: me cuide, comence a reciclarme , saque títulos para dar y vender y con un poco de suerte y mala baba, porque no, huevos. Y mucho peloteo, consegui llegar hasta donde he llegado. Pero viendo a Ernesto en ese estado, comprendía que era lo que me hacia tener esa desapetencía con la vida, mi desaliño y mis pocas ganas de querer continuar en ese circulo vicioso de vivir solo para trabajar: Quería enamorarme. Una mujer que me cuidara. Tener a alguien me esperara en casa o al menos, que se preocupara tanto de mi, como yo de ella, porque mi ex mujer, había exprimido de mi, hasta la ultima gota  y ya no me quedaba ni fuerzas  ni animo. En ese momento Ernesto me saco de mis cabales y volví a la realidad: 

-Estoy … Esto... ya se que es raro … pero ella me gusta. Me gusta de verdad. Y no sé que hacer porque ella quiere que conozca a sus padres ¿pero y si es todo una excusa para dejarme tirado? Tío, en realidad hace dos meses que comenzamos a quedar para tomar algo y la verdad es que me pase más de diez meses detrás de ella para recibir calabazas continuamente. Hasta que una noche, me plante en su casa y le fui sincero, le dije todo de mi, le dije que si de verdad quería pensarse si quería estar conmigo que me diera una única cita, y esa cita fue concedida. No sabes los nervios que pasé. En mi vida había estado tan asquerosamente ridículo, pero conseguí lo que quería: seguir conociéndola.  Parece que sí, que quiere estar conmigo, pero ella... siento que lo es todo para mi, con cada día que pasa que la conozco un poco más... quiero más...  y es tan inteligente ... ejem!! esto... todavía no... bueno bueno, tómate una cerveza, Carlos.


A Ernesto no le gustaban las sensiblerías y acto seguido me enchufo una cerveza y le fui sincero: “No la dejes escapar”. 

Mi vida había quedado resuelta en la constante que era el amor y  el trabajo, Dinero y ocio, finanzas y matrimonio. ¿Podría una mujer quedarse conmigo a pesar de que tenia tanto dinero que podría volverme más pobre que  una rata? 

Nunca supe si la mujer llegaría o no en forma de ángel , como una señal o como un correo electrónico en forma de mágico sueño o cuento de hadas o quizás, por la pura casualidad de los días. Pero lo que sí sé es que la búsqueda está siendo realmente interesante, y no, no me cierro al amor. Y a diferencia de mi amigo, me gustaba ser todo lo romántico que yo quisiera, aun a riesgo de parecer, un melancólico peliculero de Hollywood. El caso es que buscaba y no aparecía pero un mañana en una citación en el juzgado, un café y una parada en el quiosko de siempre, la prensa me la dejo aparecer para mostrármela cada viernes con la revista de interiorísmo que ella siempre escogía y yo la de motos, que hay que reconocer que no me gustan pero alguna excusa tendría que tener ¿No?
FIN.

©️El Rincón de Keren

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