lunes, 29 de junio de 2020

Relato Corto: La mujer del acantilado

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ARTISTA:



  

Una larga travesía le había dejado exhausto tras haber absorbido el abrasador calor desde la embarcación. Todo indicaba que iba a ser un verano que sin pena ni gloria no ocurriría nada en aquel pueblo de mala muerte. Estaba ansioso por coger pronto el vuelo que le llevaría a tierras Irlandesas porque el clima sería más apaciguado. Allí, podría hacer una vida más tranquila. Sería, también, un pueblo, puede que más cerrado, pero ansiaba poder mirar por la ventana y ver la niebla de la que tanto le habían hablado, el carácter huraño de lo lugareños y sentir de una vez por todas ese frío que lleva anhelando desde principio de verano.

 

Todo estaba dispuesto en la puerta de su casa. El día había llegado, y con el el viaje de unas horas largas para asentarse en las tierra más verdes que había visto nunca, pero que muy pronto recibió el frío, o más bien, la humedad del lugar. No había manera de acicalarse el cabello, así que  decidió que era parte de la experiencia y no quiso amargarse. A las ocho de la noche, ya estaba en la habitación del hostal, con una pinta y con el ordenador listo para hacer de la lluvia que acompañaba la noche, la mejor desde el fracaso de su divorcio.

 

No podía parar de fijar la mirada hacia la espaciosa esplanada que rodeaba de bosque el hostal en un halo de misterioso y que muy pronto, le dieron ganas de investigar.

 

Decidido a averiguar los limites de aquel trozo de tierra; preguntó por el bar más próximo, hecho que a nadie le sorprendió pues, a pesar del temporal, los lugareños hacían vida normal e iban de un lado a otro aun con lluvia. Estaban acostumbrados. Parte de la experiencia era poder vivir cómo ellos, actuar cómo ellos, sentir cómo ellos. Pero tenían sumo cuidado con las palabras, en cómo las decían y en cómo se dirigían.

 

En la taberna que le recomendaron, a media hora del hostal, se respiraba un ambiente festivo y no parecía que afuera estuviera haciendo la de san Cristin y que el viento, hubiera dejado su cabello más alborotado, si cabe. Parecía un bombilla con los rizos y el cabello afro, pero la camarera que sí parecía un poco mas en los acontecimientos del local, fijó su mirada en él y de hecho, intercambió varias palabras con el hombre gordo de la taberna. 

El deducía que sería cosas del oficio pero disimuladamente, mirando el ambiente y dejándose impregnar por la animosa alegría de la noche, algunos lugareños decidieron darle la bienvenida con unas buenas pintas y alegres canciones que según pudo averiguar, en canciones de cuna que se les cantaba a los niños cuando llovía. De las bandas sonoras más melódicas pasaron a parecer los alegres borrachos del lugar cual más hospitalarios que encontró desde que había llegado pero la camarera, parecía que tenía la mosca detrás de la oreja y en un descuido al baño, volvió a ver cómo intercambiaba unas palabras en las que ella hacia aspavientos e indicaban que no estaba de acuerdo con algo al cocinero gordo que entraba y salía para comentar la jugada de los clientes que llegaban, cuantos más mejor.

 

A las doce de la noche, ya solo lloviznaba y la gran mayoría de los clientes, ya se habían ido a casa por que aseguraba la camarera, de mala gana, trabajaban muy duro en sus granjas y cosechas, además de los pequeños comercios. Todos se conocían cómo la buena premisa de los pueblos, o más bien, en este caso, en una aldea.

 

Después de más de diez pintas y un café negro cómo el cielo que se hallaba en el exterior, se decidió a preguntar a la camarera por su actitud tan ácida con él. Y en un ambiente más calmado, ella apostilló de mala gana:

 

-           ―Hace usted demasiadas preguntas. ¡Márchese de aquí! Algunos llevamos una vida honrada quizás con menos condecoro que su vida pero aquí estamos orgullosos de nuestras costumbres y nuestra manera de hacer y deshacer… No se inmiscuya en lo que no le importa.

 

-         ― No es mi intención hacerla sentir incomoda con mi presencia ni mucho menos cambiar esta vida que llevan ustedes tan digna y valorada incluso más que cualquier extranjero de la gran ciudad… Mis disculpas si no he sido lo que esperaba de mi. ¿Pero tiene algún problema conmigo? – Ella se puso nerviosa y besó una cruz que llevaba en la muñeca. Acto seguido, suspiró y declaró:

 

-         ― Venga mañana a las ocho de la tarde a la capilla San Cristina y lo entenderá todo.

Roberto se despidió sin hacer más preguntas para no importunar más a la mujer. Además, creía que su estancia allí, en Irlanda, estaba siendo más interesante si cabía.

 

Cuando llegó al hostal, no podía dormir. Estaba eufórico y asustado, a partes iguales; por lo que le tuviera que contar aquella mujer. ¿Le volvería a echar pestes a su presencia en la aldea? Pensó que aquella mujer tenía también un halo de misterio. Tanto o más que los lugareños.

Se tomó un calmante y durmió a pierna suelta, pero cómo solía suceder todas las noches, solo dormía seis horas y se levantaba empapado de sudor. El divorcio y sus estragos. ¿Quién le mandaría haberse casado con una mujer ex adicta a la cocaína y adicción al juego? A partó la mirada de su camiseta empapada y se sirvió un café bien caliente, que el hostal había improvisado para los huéspedes así cómo en un mini-apartamento. La verdad es que estar a las cinco de la mañana despierto y con la niebla que cubría el ventanal no estaba tan mal.

 

Comenzó a escribir frenético y todas las ideas fluían. Esto iba viento en popa.

 

A las 9 de la mañana, tal y cómo había preguntado sobre las costumbres del lugar, desayunó y se fue casi con la hora pegada al culo, ya que en recepción le habían avisado que debía estar a las nueve y media en la capilla San Cristina que, por cierto, estaba a ras de un acantilado y con vistas de la bahía; los barcos pesqueros se podían divisar desde allí y el viento soplaba furiosamente. Había olvidado coger una bufanda pero después de ver a gente saliendo de la iglesia mientras fumaba un cigarillo, cómo se abrazaban, cómo se demostraban un cariño desmedido entre ellos… pensó que aquella camarera no había acudido a la cita pero le bastó para darse cuenta de a lo que se refería: En esencia, no querían que les arrebataran lo suyo.

 

Desde el acantilado vislumbró algo en la ligera niebla la cual se había disipado durante la mañana. ¿Era una mujer y llorando?

 

Aquella mujer no vestía cómo los demás pero, Roberto, lo aludió a cosas de los lugareños. Se acercó a ella con intención de consolarla, y ella, al mirarle abrió sobre manera los ojos con tal sorpresa que gritó “¡Al fin te he encontrado, cariño!” sus lágrimas eran tan grandes cómo los puños de su mano y él que no sabía cómo decirle que se había equivocado, le acaricia la espalda; cuando se hubo calmado se lo reveló. Pero se oyó el sonido de una grande embarcación y los dos se giraron. Para cuando se dio la vuelta, ella no estaba.

 

Aquella tarde estuvo preguntando por la mujer para presentarle sus disculpas sin embargo los lugareños a diferencia de la noche anterior, que fueron tan amigables y amenos, se mostraron asustadizos, temerosos. Algunos hasta se alejaron de él y le escupieron en los zapatos. Aquella noche se acercó a la taberna para explicárselo a la camarera y cuando hubo acabado el turno. Pasearon por los adoquinados caminos de la aldea mientras algunos aldeanos cuchicheaban. Se había corrido la voz.

 

La camarera entonces se explicó:

 

-          ―Hace muchos años una mujer quedó viuda durante la segunda guerra mundial y ella al no tener, como ahora los teléfonos móviles y la tecnología de ahora, ella le espero en la capilla de Santa Cristina rezándole a Maria Crisitina que le devolviera a su marido. Se negaba a aceptar que su marido nunca más volvería.

-         ― Pero esa mujer, me confundió … ¡con su marido! ¿Su marido era negro?

-        ―  Sí, lo era. Y lo llevaban en secreto. Pero los aldeanos lejos de querer preservar la tradición quedó como una barbarie de la que nadie… quiso saber. No solo por lo insólito de la situación, sino por la vergüenza de la familia de que ella estuviera con un hombre negro… y aquí en Irlanda… no te lo van a decir pero … bueno …

-         ― Son racistas, dilo. Me pasa muy a menudo, no te preocupes.

-          ―No, iba a decir que son supersticiosos. Son muy buena gente … pero a veces me sorprende lo cazurros que son algunos. Por eso yo… mi intención era que vieras estas tierras y su gente para que te fueras y no … no te ocurra nada

-         ― ¿Me van hacer algo?

-         ― No. Es que el espíritu de aquella mujer, ha atormentado a mucha gente y por eso nadie quiere saber nada. Se cree que es una especie de maldición. Por favor, no sigas preguntando más sobre los sucesos de nuestra aldea… por favor … si te ocurriera algo…

-          ―Tranquila, iré con cuidado. Pero creo que el espíritu debe descansar en paz.

-          ―¿A qué te refieres?

-         ― Que debería encontrar el paradero de su marido fallecido para que dejara de atormentar a la aldea.

-          ―Nadie sabe nada. Pero si así nos dejaran en paz… ¿De verdad lo crees?

-          ―¡Por supuesto!

-          ―¡Sé quien nos puede ayudar!

 

Tras largas caminatas por la aldea, lo que menos pensaba Roberto era que tuviera que resolverlo todo aquella misma noche, pero pasaron la noche en vela, haciendo preguntas a los ancianos de la zona y por lo que pudieron averiguar, su marido fue destinado en el pueblo de al lado. Por lo que al ser conocedores de la situación , Renata, que así se llamaba la camarera, se ofreció a llevarle ya que los habitantes del pueblo de al lado tenían un acento muy marcado y quizás nos les pudiera entender Roberto.

Temprano partieron en un Jeep 4x4, acudieron a todas las casas posibles, al registro histórico y a los envagelios para saber su santo, para saber la fecha en la que fue bautizado y de ahí a su fecha de nacimiento; lograron descubrir que fue destinado allí después de volver de la guerra justo al finalizar la guerra, si bien había una esperanza de que aun siguiera vivo, la tenían. Pero Renata, no estaba muy convencida.

Después de caminar lo que no estaba escrito, por fin dieron con la casa que le acogió cuando tenia tan solo veinte años:

 

-          ―Era un hombre muy servicial. Confieso que siendo yo niña sentía gran admiración hacia el y porque negarlo, algo enamorada estaba. – La señora tosió y prosiguió mientras les enseñaba las fotografías de su alistamiento y estancia. – Sabíamos que tenia mujer pero no sabíamos que estuviera casado de verdad nunca volvió a ser el mismo después de que recibiera una carta muy misteriosa cuando fui lo suficientemente mayor me di cuenta de que en la carta, probablemente indicaría la muerte de su mujer y pasó lo inevitable …

-          ―¿A qué se refiere?

-         ― Pues que el marido de esa mujer de la que me habla, se suicidó al saber que su mujer había fallecido.

 

Los dos visitantes Roberto y Renata, quedaron boquiabiertos y acordaron en que les diera fotografías de la muerte del fallecido suicida. Aquella misma noche, tenían pensado acudir al acantilado para hacer un ritual. Pero antes debían descansar.

 

Roberto llegó al hostal hecho un manojo de nervios y excitado. Escribió cómo nunca y aquella noche estudió cómo hacer un ritual para aquella noche. Llamó a varios amigos que sabían del tema y aquella misma noche, bajo la niebla y las luces del faro justo abajo. Le hicieron entender a aquel espíritu que su lugar ya no estaba entre los vivos.

Hubo una gran tormenta, se negaba a aceptarlo pero al ver la fotografía cayó una fuerte lluvia y tempestad que les llevó a estar a la intemperie parte de la noche. Finalmente se se marchó en paz pero para ello, los lugareños fueron azotados con las mayores riadas y temporal que nunca antes en la historia habían vivido.

 

Desde entonces, los lugareños de aquella misteriosa aldea respiran tranquilos, y Roberto ha escrito su primera obra literaria con un éxito flagante.

 FIN.

 ©️El Rincón de Keren 

4 comentarios:

  1. Hola, Keren.

    Sin duda nos hallamos ante un relato muy trabajado y que podría ser perfectamente la semilla de una novela. Abordas muchas temáticas: un divorcio, el mundo de la escritura y como son a veces de hostiles los núcleos rurales. El texto también muestra un cierto aire legendario que lo hace muy atractivo.

    Un abrazo y buen comienzo de semana.

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  2. Hola Keren. Coincido con Miguel. Es un relato que se podría extender. Me ha resultado interesante y ameno. Un abrazo

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